Cuándo vender acciones y cuándo no hacerlo

El inversor dedica la mayor parte del tiempo a decidir qué acciones compra y cuándo las compra. Si bien es el tema principal de la inversión (qué fácil es escribir esas 7 palabras y qué difícil es responderlas), normalmente le damos poca importancia a cuando vender esas acciones.

El momento en el que vender dependerá en primera instancia del tipo de inversión que hagamos. Como ya comentamos, los puros inversores value (o deep value) en momentos de volatilidad como los últimos meses realizan multitud de operaciones de compra-venta, sobretodo en Europa, apoyado por la ventaja fiscal de los fondos, los cuales sólo tributan un 1% por las ganancias de estas operaciones.

Para el pequeño inversor medio lo más recomendable es tratar de realizar muy pocas operaciones, comprando empresas con idea de no tener que venderlas nunca.

Con este punto de vista Philip Fisher en su imprescindible Acciones Ordinarias y Beneficios Extraordinarios, que ya tratamos aquí, nos comenta sus consejos a la hora de cuándo vender una acción y cuándo no hacerlo.

Creo que hay tres razones, y solo tres, para vender acciones ordinarias que inicialmente se seleccionaron según los principios inversores ya expuestos.

La primera de estas tres razones debe ser obvia para todos, y es cuando se ha cometido un error en la adquisición original y esta cada vez mas claro que el historial de la empresa concreta es, en buena parte, menos favorable de lo que inicialmente pensamos. La actitud acertada ante una situación así tiene una buena dosis de autocontrol emocional, y en cierto grado también depende de la capacidad del inversor de no engañarse.

Dos de las características importantes de una inversión en acciones ordinarias son los grandes beneficios que pueden obtenerse de una buena gestión, y el alto grado de conocimientos, técnica y criterio necesarios para ella. Como el proceso de obtener dichos beneficios casi fantásticos es tan complejo, no es sorprendente se cometa cierto porcentaje de errores. Por suerte, los a largo plazo de las acciones realmente buenas deben compensar con creces las pérdidas producidas por un porcentaje normal de errores. Y también deben dejar un margen de beneficio considerable. Y eso es especialmente cierto si el error se reconoce pronto. Cuando eso ocurre, las pérdidas, si las hay, deben ser mucho menores que si las acciones compradas por error se han conservado mucho tiempo. Y todavía más importante, los fondos vinculados a la situación errónea quedaran liberados para poderse invertir en algo que, si está bien elegido, producirá ganancias sustanciales un factor que dificulta la gestión de los errores de inversión.

Sin embargo, hay un factor que dificulta la gestión de los errores de inversión, y es el ego que todos tenemos. A nadie le gusta admitir se ha equivocado, aunque si nos hemos equivocado con unas acciones y podemos venderlas con un peque beneficio, perderemos cualquier sensación de haber hecho el primo. En cambio, si vendemos con una pequeña pérdida, la decepción será mayor. Esta reacción, aunque es totalmente humana y natural, es probablemente una de las más peligrosas que podemos permitirnos de todo el proceso inversor. Los inversores probablemente han perdido más dinero por conservar acciones que realmente no querían esperando a “por lo menos, quedarme igual” que por cualquier otra razón. Si a pérdidas reales les añadimos beneficios que podían haber ganado desde que detectar error, el coste de la auto-indulgencia se hace enorme.

Esta reticencia a aceptar una pérdida, por mínima que sea, es tan lógica como natural. Si el auténtico objetivo de invertir en acciones ordinarias es obtener ganancias de muchos cientos por cien a lo largo de varios años, la diferencia entre, pongamos, una pérdida del 20 por ciento o un beneficio del 5 por ciento se convierte en un asunto comparativamente insignificante. Lo que importa no es si se produce una pérdida ocasiona, sino si los beneficios jugosos no llegan a materializarse en tantas ocasiones como para poner en duda la capacidad del inversor o de su asesor.

Aunque las pérdidas no deben provocar nunca un disgusto profundo ni una alteración emocional, tampoco deben ser tomadas a la ligera. Siempre deben examinarse con atención para que podamos extraer una lección de cada una de ellas. Si los elementos especiales que han provocado el error de juicio al comprar una acciones ordinarias se entienden bien, será poco probable que se vuelva a hacer otra mala compra por una mala evaluación de los mismos factores.

Llegamos ahora al segundo motivo por el que deben venderse las acciones ordinarias adquiridas bajo los principios ya esbozados en los capítulos dos y tres. Se deben vender siempre las acciones de una empresa que, debido a los cambios derivados del paso del tiempo, ya no se ajusta a los quince puntos expuestos en el capítulo tres en el mismo grado que lo hacían en el momento de la compra. Es por esto que los inversores han de estar siempre en guardia. Eso explica por que es tan importante estar siempre en contacto con los asuntos de las empresas en las cuales tenemos acciones.

Cuando las empresas se deterioran así, suelen hacerlo por uno o dos motivos: o ha habido un deterioro en la dirección, o la empresa ya no tiene perspectivas de aumentar el mercado de sus productos del modo en que lo hacía antes. A veces la directiva se deteriora porque el éxito ha afectado a uno o más de los ejecutivos clave. La petulancia, la auto-complacencia o la inercia sustituyen a lo que era empuje y frescor. Pero lo más frecuente es que haya un equipo nuevo de ejecutivos que no están a la altura de sus antecesores. O bien ya no respetan las antiguas políticas que han hecho alcanzar el éxito, o bien no tienen la capacidad de seguir llevando a cabo esas políticas. Cuando algo de eso ocurre, las acciones afectadas deben venderse de inmediato, sin tener en cuanta lo bien que está el mercado o lo alto que pueda ser el impuesto sobre la plusvalía.

Asimismo, a veces ocurre que después de un incremento espectacular sostenido durante muchos años, una empresa alcanza una etapa en que las perspectivas de crecimiento de su mercado se han agotado. A partir de ahí sólo irá creciendo en función de su sector, y sólo progresará a más o menos el mismo ritmo que la economía nacional. Este cambio puede no deberse a ningún deterioro de la dirección: muchas directivas muestran una gran habilidad en desarrollar productos relacionados o asociados y de este modo aprovechar el crecimiento en su sector inmediato. Reconocen, sin embargo, que no tienen ninguna ventaja especial si se meten en esferas de actividad no relacionadas. Así, si después de años de haber sido expertos en una industria joven y en crecimiento, los tiempos cambian y la empresa ha visto prácticamente agotadas las perspectivas de crecimiento de su mercado, sus acciones se habrán deteriorado de manera considerable respecto a los criterios expuestos en nuestros tan citados quince puntos. […]

Para aquellos que han seguido los principios correctos al hacer u compra original, la tercera razón por la que unas acciones se pueden vender casi nunca se da, y debe reaccionarse a ella solamente si el accionista está muy seguro. Surge del hecho que las oportunidades para hacer una inversión son extremamente difíciles de encontrar. Desde el punto de vista del momento ideal, pocas veces cuando se tienen los fondos disponibles. Si un inversor ha tenido fondos durante un período prolongado de tiempo y ha encontrado nuevas situaciones atractivas en las que colocarlos, puede que invierta parte o todos en una empresa bien gestionada que considera que tiene claras perspectivas de crecimiento. Sin embargo, estas perspectivas puede que sean a un ritmo anual más lento que algunas otras situaciones aparentemente más atractivas que se encuentran más tarde. La empresa ya adquirida puede, en algunos aspectos importantes, también parecer menos atractiva.

Si la evidencia es clara y el inversor está muy seguro de lo que hace, probablemente, incluso después de pagar el impuesto sobre la plusvalía, le recompensará con creces pasar a una situación con perspectivas aparentemente mejores. La empresa que puede mostrar un crecimiento medio anual del 12 por ciento durante un período prolongado de tiempo debe ser una fuente de considerable satisfacción financiera para sus propietarios. Sin embargo, la diferencia entre estos resultado y los que se podrían obtener en una empresa que muestra un 20 por ciento de ganancia media anual bien puede valer la pena pagar los impuestos sobre la plusvalía que podría suponer el cambio.

Aunque una advertencia no está de más, relativa a la precipitación a la hora de vender unas acciones con la esperanza de cambiarlas por otras más rentables se corre siempre el riesgo de que haya algún elemento importante que no hayamos sabido valorar. Si eso ocurre, la inversión no saldrá tan bien como se espera. En cambio, un inversor atento que ha conservado unas buenas acciones durante un tiempo, normalmente acaba conociendo sus características más deseables. […]

Llegados a este punto, el lector crítico probablemente ya haya deducido un principio inversor básico y que parece solo haber entendido una pequeña minoría de los inversores satisfechos. Consiste en que una vez se han seleccionado correctamente unas acciones y han superado la prueba del tiempo, solo muy ocasionalmente tendremos motivos para venderlas. Sin embargo, las recomendaciones y los comentarios seguirán fluyendo por la comunidad financiera, dando otros tipo de razones para vender acciones ordinarias excepcionales. ¿Qué validez tienen tales razones¿

La que oímos con mayor frecuencia es la convicción de que se avecina una caída de ciertas proporciones en la bolsa en general. En el anterior capítulo trataba de mostrar que posponer una adquisición atractiva por miedo a lo que pueda hacer el mercado, con los años, nos resultará muy caro. Si damos por válido el argumento de que la adquisición de acciones ordinarias no debe estar indebidamente influenciada por el miedo a un mercado a la baja, el argumento contrario a venta de acciones excepcionales debido a este es todavía más impresionante. Todos los argumentos mencionados en el capítulo anterior son igualmente aplicables aquí. Además, la posibilidad de que este inversor acierte al hacer estas ventas mengua todavía más por el factor de impuesto sobre la plusvalía. Debido a los grandes beneficios que estas acciones extraordinarias habrán generado si se han conservado durante un largo período de años, este impuesto puede hacer incrementar bastante el coste de hacer esta venta.

Hay otro motivo y todavía más costes por el cual un inversor no debe vender nunca una participación excepcional ante la supuesta aparición inminente de un mercado a la baja: si la empresa es realmente la indicada, el siguiente mercado a la baja debería provocar una nueva subida de las acciones superior a las experimentadas hasta ahora. ¿Cómo puede el inversor saber cuándo volver a comprar? En teoría debería ser después del declive que se avecina. Sin embargo, eso presupondría, sabrá cuando acabará el declive. He visto a muchos inversores deshacerse de participaciones estupendas que en los años siguientes obtendrían ganancias por este miedo al mercado a la baja. Y menudo, esta caída no llegó nunca y las acciones siguieron subiendo con fuerza. Cuando ha llegado una caída, no he visto ni una vez entre diez que el inversor volviera a entrar en las mismas acciones antes de que subieran por encima de su precio de venta. Normalmente, o bien esperó que bajaran mucho más de lo que cayeron realmente o, cuando ya estaban muy bajas, el miedo a que ocurriera otra cosa evitó su reposición.  […]

En esta era de deseos humanos ilimitados y mercados increíbles, el crecimiento empresarial no tiene un límite como el que la esperanza de vida impone a las personas.

Tal vez lo que expresa este capítulo puede resumir en una sencilla frase: si el trabajo se ha hecho correctamente cuando se compra una acción ordinaria, el momento de venderla es casi nunca.

Conclusión:

Fisher nos recuerda la importancia de la venta en la inversión. El resumen puede ser que casi nunca hay que vender, pero cuando hay que vender estamos obligados a hacerlo.

Especialmente relevante es el punto del orgullo, el ego y la auto-complacencia que nos hacen pensar que no nos hemos equivocado en una inversión y nos negamos a vender hasta al menos quedarnos igual, lo que es una mala decisión que nos hará perder rentabilidad.

El mayor enemigo del inversor suele ser él mismo.

4 comentarios
    • Víctor Morales Dice:

      Menudos precios en Europa, en USA no parece que vaya a caer tanto. De todos modos lo bueno y diversificado no cae mucho, ni Rio Tinto, ni Vodafone ni Burberry, ni Associated British Foods caen mucho en UK. En España también aguantan CIE, Viscofán y Técnicas Reunidas. Quizá lo más interesante puede ser BMW o Whitbread.

  1. Marc Dice:

    ¡Hola, Víctor!
    Un fantástico artículo, como siempre. Aunque si tuviera que quedarme con una frase, me quedaría con la última: “El mayor enemigo del inversor suele ser él mismo”. Ya sea por falta de formación (si es que alguna vez llegamos a tener la suficiente, claro), falta de experiencia (lo mismo), el ego, el miedo, la avaricia, la ausencia de una estrategia sólida…, sea como sea corremos el riesgo continuamente de sabotearnos a nosotros mismos.
    Creo que el artículo refleja muy bien la esencia de la importancia en la venta de las inversiones y que, aunque seamos de los que queremos invertir con un plazo de “para siempre”, algunas veces debemos ser capaces de vender.
    Gracias por tu artículo. Un abrazo,
    Marc

    • Víctor Morales Dice:

      Gracias Marc.

      Pero no es mérito mío, si no de P. Fisher por el artículo y de C. Munger por esa frase ;).

      La Bolsa es 1% conocimiento y 99% psicología y efectivamente eso provoca que si no tenemos las características mentales adecuadas nos saboteemos a nosotros mismos, por ello es tan importante trabajar sobre este aspecto. Mirar las acciones continuamente y no pensar por nosotros mismos provoca, por contra, errar.

      Un abrazo y gracias por tu comentario.

Los comentarios están desactivados.