Europa y las lecciones olvidadas

«¿Por qué Europa y no China?». La mayor parte de Armas, gérmenes y acero se ocupaba de las diferencias entre continentes: es decir, de la pregunta acerca de por qué los únicos que se expandieron por todo el mundo durante el pasado milenio fueron algunos euroasiáticos, en lugar de los aborígenes australianos, los habitantes del África subsahariana o los indígenas americanos. Sin embargo, descubrí que muchos lectores se preguntaban además lo siguiente: «¿Por qué, de entre todos los euroasiáticos, los que se expandieron fueron los europeos, y no los chinos o algún otro grupo?». Sabía que mis lectores no me iban a permitir dar por concluido Armas, gérmenes y acero sin decir nada acerca de este asunto tan elemental.

Así pues, lo analicé brevemente en el epílogo del libro. Allí sugería que la razón subyacente de que Europa superara a China era más profunda que los factores un tanto más inmediatos que sugieren la mayor parte de los historiadores (por ejemplo, el confucianismo de China frente a la tradición judeocristiana de Europa, el auge de la ciencia occidental, el auge del mercantilismo y el capitalismo europeos, la deforestación de Gran Bretaña unida a sus depósitos de carbón, etc.). Frente a estos y otros factores más próximos yo recurría a una especie de «principio de la óptima fragmentación»: los factores geográficos últimos que desembocaron en que China se unificara antes y que permaneciera en su mayor parte unificada a partir de entonces, mientras que Europa estuviera fragmentada siempre. La fragmentación de Europa sí favoreció los avances de la tecnología, la ciencia y el capitalismo al promover la competitividad entre estados y ofrecer a los innovadores fuentes de apoyo alternativas y puertos seguros en los que refugiarse de las persecuciones, mientras que la unidad de China no propugnaba todo lo anterior.

Los historiadores han objetado a continuación que la fragmentación de Europa, la unidad de China y la fuerza relativa de China y Europa eran mucho más complejas de lo que yo las represento en mi explicación. Las fronteras geográficas entre las esferas política y social de lo que, en aras de la utilidad, podría denominarse «Europa» o «China» fluctuaron a lo largo de los siglos. China aventajó a Europa en tecnología al menos hasta el siglo XIV, y podría volver a hacerlo en el futuro; en cuyo caso la pregunta «¿Por qué Europa y no China?» solo remitiría a un fenómeno efímero que no exigiría una explicación exhaustiva. La fragmentación política tiene consecuencias más complejas que la de proporcionar únicamente un foro que propugna la competencia: sin ir más lejos, además de constructiva, la competencia puede ser también destructiva (pensemos en la primera y la segunda guerras mundiales). El de «fragmentación» es un concepto que presenta múltiples facetas, antes bien que ser monolítico: su efecto sobre la innovación depende de factores como la libertad de que gozan las ideas y las personas para atravesar las fronteras que separan a los diferentes fragmentos, o de si los fragmentos son muy dispares entre sí o más bien réplicas idénticas unos de otros. Si la fragmentación es «óptima» o no es algo que puede también variar en función del criterio que empleemos de «lo óptimo»; un grado de fragmentación política que resulta óptimo para la innovación tecnológica puede no serlo para la productividad económica, la estabilidad política o el bienestar humano.

Tengo la impresión de que hay una gran mayoría de científicos sociales que todavía prefiere las explicaciones próximas para los diferentes cursos de las historias europea y china. Por ejemplo, en un concienzudo ensayo reciente, Jack Goldstone subrayaba la importancia que tuvo en Europa (sobre todo en Gran Bretaña) la «ciencia del motor», expresión con que se refiere a las aplicaciones científicas orientadas al desarrollo de maquinaria y motores. Goldstone escribía:

Las economías preindustriales se enfrentaban a dos problemas energéticos: la cantidad y la concentración de energía. La cantidad de energía mecánica de que disponía cualquier economía preindustrial se limitaba a la de las corrientes de agua que albergara, a la de los animales o las personas que pudiera alimentar o a la de los vientos que pudiera aprovechar. En cualquier territorio geográficamente delimitado, esta cantidad quedaba rigurosamente reducida… Es difícil exagerar la ventaja que obtuvo la primera economía o potencia política o militar que concibió un medio para extraer trabajo útil de la energía de los combustibles fósiles… [Fue] la aplicación de la energía procedente del vapor al hilado, al transporte acuático y de superficie, a la fabricación de ladrillos, al trillado de granos, a la producción de hierro, a la excavación, a la construcción y a todo tipo de procesos de manufactura lo que transformó la economía de Gran Bretaña… Por tanto, puede ser que, lejos de ser una evolución necesaria de la civilización europea, el fructífero desarrollo de la ciencia del motor fuera el resultado azaroso de circunstancias muy concretas, pero no obstante contingentes, que resultaron aflorar en la Gran Bretaña de los siglos XVII y XVIII.

Si este razonamiento es correcto, entonces no obtendremos nada buscando explicaciones geográficas o ecológicas más profundas.

La opinión minoritaria y antagónica, semejante a la que expresé en el epílogo de Armas, gérmenes y acero, la ha sostenido con detalle Graeme Lang:

Las diferencias entre Europa y China en lo que a ecología y geografía se refiere contribuían a explicar los muy dispares destinos de la ciencia en esas dos regiones. En primer lugar, la agricultura de Europa [dependiente de las lluvias] no concedía ningún papel al Estado, que la mayor parte de las veces se mantenía alejado de las comunidades locales. Cuando la revolución agrícola en Europa produjo excedentes agrícolas cada vez mayores, ello permitió que prosperaran unas ciudades relativamente autónomas junto con unas instituciones urbanas como las universidades, mucho antes de que, a finales de la Edad Media, se produjera el auge de los estados centralizados. En contraste con ello, la agricultura de China [basada en el regadío y la gestión hídrica] favoreció el desarrollo temprano de estados intervencionistas y coercitivos en los principales valles fluviales, mientras que las ciudades y sus instituciones no alcanzaron jamás el grado de autonomía local que podía encontrarse en Europa. En segundo lugar, la geografía de China, a diferencia de la de Europa, no favorecía la supervivencia prolongada de estados independientes. Más bien, la geografía de China facilitó la conquista y posterior unificación de un vasto territorio, las cuales iban seguidas de largos períodos de relativa estabilidad bajo un gobierno imperial. El sistema estatal resultante eliminó la mayor parte de las condiciones necesarias para que surgiera la ciencia moderna… La explicación esbozada más arriba es sin duda exageradamente simple. Sin embargo, una de las ventajas de este tipo de explicaciones es que elude la circularidad en que a menudo incurren las explicaciones que no profundizan más allá de las diferencias sociales o culturales entre Europa y China. Siempre se puede poner en aprietos a este tipo de explicaciones con una pregunta más: ¿por qué esos factores sociales o culturales diferían en Europa y China? Sin embargo, las explicaciones enraizadas en última instancia en la geografía o la ecología llegan a los cimientos.

Para los historiadores sigue siendo un reto reconciliar estos diferentes enfoques para responder a la pregunta «¿Por qué Europa y no China?». La respuesta puede tener importantes consecuencias acerca de cuál es el mejor modo de gobernar hoy en día China y Europa. Por ejemplo, desde la perspectiva de Lang, y la mía propia, el desastre de la Revolución cultural de China de las décadas de 1960 y 1970, cuando unos cuantos líderes insensatos consiguieron suprimir durante cinco años los sistemas educativos del país más grande del mundo, puede no ser una aberración única y exclusiva de un momento concreto, sino que podría presagiar para el futuro más desastres de esta naturaleza a menos que China introduzca una descentralización mucho mayor en su sistema político. A la inversa, en su actual carrera hacia la unidad económica y política, Europa tendrá que reflexionar mucho acerca de cómo evitar desmantelar la razón subyacente a sus éxitos de los cinco últimos siglos.

Jared Diamond – Ármas, gérmenes y acero