Trabajo interior

Como sabéis este blog no es sólo de inversión en Bolsa sino que es de todo tipo de inversión que nos ayude a crecer. De hecho existen muchas otras inversiones que nos ayudarán a crecer mucho más que la Bolsa, como puede ser la educación o la lectura.

Uno de los libros que recientemente me he leído y que más puede ayudar a crecer a las personas es Trabajo interior del autor Antonio Blay, el cual me lo recomendó un amigo.

El libro tiene tantas ideas que no me siento capacitado para resumirlo. Uno de los puntos que más trata y más interesante me ha parecido es que la realidad que vemos y vivimos es sólo una parte de la realidad existente, la otra está dentro de nosotros y no estamos acostumbrados a verla por la educación y vida que hemos tenido, por eso Blay plantea un trabajo interior.

Se que puede sonar muy jipy todo esto pero todos hemos sentido a veces sensaciones que no están relacionadas con los acontecimientos. Es decir, quien no se ha levantado un día feliz sin ningún sentido, o alegre o triste sin motivo alguno. Eso es por que hay una realidad interior que no controlamos ni conocemos, pero está ahí.

Si no trabajamos esta realidad todo lo que nos pase estará supeditado por el exterior. Seremos felices de acuerdo al exterior (personas, dinero, seguridad, objetos,…) y eso nos condena a la frustración ya que la realidad exterior no la podemos controlar.

Blay propone con técnicas y tácticas detalladas trabajar el interior para estar en paz, entregados a la vida pero felices y en calma en nuestro interior.

Dejo la última parte del libro, la cual me parece que resume perfectamente lo que Blay quiere decir. Cabe anotar que se nombra a Dios y la religión, pero Blay ya al principio del libro deja claro que no es la religión entendida como se entiende popularmente, si no como una energía global.

Para conseguir estos objetivos existen formas de aprendizaje, de adiestramiento. Una de ellas consiste en aprender a meditar; pero meditar no a medias o de un modo cansado, sino meditar intensamente, con todo el interés, como aquel que está intentando descubrir un nuevo mundo.

 

La meditación no es sólo para místicos o personas que viven en un convento, y no ha de ser necesariamente sobre motivos religiosos clásicos. La meditación puede dirigirse sobre todo a lo que es trascendente de por sí, a lo que es superior al hombre. La belleza puede ser un objetivo bueno para -meditar (o la contemplación de la belleza). Otro tema puede ser el de la inteligencia que se manifiesta en la creación. Pero aparte de los temas escogidos para la práctica de la meditación, el adiestramiento puede verse favorecido teniendo en cuenta dos principios que exponemos muy esquemáticamente:

 

  1. Cuanto más completa sea mi entrega en todo lo que emprenda, el esfuerzo que haga en cualquier cosa que realice, de un modo más natural aparecerá luego el descanso, la tranquilidad, la paz. El primer factor es, pues, aprender a entregarse del todo en lo que se hace, sea importante o no, pues lo importante no es tanto la cosa que se hace sino cómo se hace.
  1. Cultivar el hábito de sentir la tranquilidad interior en momentos de descanso. Todos nosotros alguna vez hemos percibido una tranquilidad, o una paz más o menos granele, pero no nos hemos dado cuenta de que este estado interior -al que hemos llegado en un momento determinado en una situación especial- se puede evocar y se puede reproducir porque está dentro. Si nosotros aprovecháramos los momentos de tranquilidad para evocar los estados (le paz que hemos vivido, iríamos reforzando, aumentando, la conciencia de paz y el hábito de vivir tranquilos interiormente.


Al evocar la felicidad o la paz interior que se ha experimentado en alguna ocasión, este estado volverá a surgir (aunque esto requiera algo de práctica). Con esto se consigue no sólo la vivencia de la paz (o la felicidad), sino el hábito de ir al estado a voluntad, o sea, la capacidad de manejar el propio nivel de positividad en todo momento.

 

Esto, al principio, sólo puede hacerse en momentos de descanso, en los momentos en que las cosas van bien; pero después es posible que este estado de paz, tranquilidad o felicidad exista conjuntamente con la actividad exterior y con las pequeñas tensiones que esta actividad lleva inherentes; pero es preciso que antes se hayan cultivado, alargándolos, estos estados interiores de paz. Cuando esto lo cultivo, dedicando todos los días 15-30 minutos a esta práctica, entonces será posible que yo vaya por la calle, piense, discuta, escriba, haga mi trabajo, etcétera, sintiendo interiormente aquella paz; del mismo modo que a veces estamos contentos por algún motivo y el estado de contento no nos ha impedido hacer las cosas concretas que debíamos hacer. Son dos planos diferentes que pueden coexistir simultáneamente.

 

Además de estos principios, me permito proponer una serie de pensamientos básicos, lemas o consignas, que considero de suma importancia para equilibrar nuestra vida.

 

  1. Aprendamos a actuar (y hacer las cosas) por el mero placer de actuar.

 

Eso conduce a descubrir el placer de hacer aparte del resultado. Normalmente nosotros cuando hacemos una cosa existe todo un circuito funcionando en nuestro interior, que consta de un estímulo, unas motivaciones, los cuales provocan un impulso (o reacción) que induce a una decisión y a una ejecución de la acción (dirigidas a la consecución de la cosa). En todo este circuito, nosotros, normalmente, estamos situados en la cosa, y es esta cosa la que moviliza nuestra fuerza, nuestra decisión, nuestra voluntad.

 

Pero el secreto de mejorar en la acción y de vivir mejor uno mismo consiste en ir tomando conciencia de los elementos que hay antes de llegar al objeto final; previamente a la acción hay la decisión y antes de ella hay el impulso hacia el objetivo que se plantea como bueno. Pues bien, en el momento en que se puede llegar a tomar conciencia directamente del momento en que se desencadena la energía de la acción, entonces el estímulo surgirá por el mero hecho de hacer las cosas, independientemente de que las cosas vayan mejor o peor. Desde el punto de vista de mi tranquilidad -y también de mi eficiencia-, será importante el hecho de que yo disfrute en hacer las cosas por sí mismas; la eficiencia consiste en disfrutar por el simple hecho de hacer la cosa, siendo consciente del proceso implicado en la acción.

 

  1. No exijamos nada de los demás ni los queramos cambiar aunque sea para su bien.

 

Naturalmente, siempre que queremos cambiar a alguien nosotros creemos que es para su bien. Pero hemos de aprender a aceptar a las personas tal como son; esto es algo fundamental. Si hay esta aceptación esencial, entonces dejará de ser urgente para mí el que la otra persona cambie; y si realmente es conveniente un cambio para ella y el cambio es posible -y entra en mi misión ayudarle a cambiar-, el cambio surgirá de un modo natural; pero sin necesidad de sermones al estilo de «tú has de hacer esto o lo otro», ni me enfadaré cuando deje de hacerlo, porque mi yo no estará metido en lo que haga o deje de hacer el otro.

 

Normalmente, cuando digo a alguien -a mi hijo, por ejemplo- que haga una cosa determinada y no la hace, siento que está negando mi yo de padre, mi autoridad; interpreto aquello como una lesión a mi yo, entonces no puedo transigir y necesito exigir que haga aquello. Sin embargo, si yo vivo la realidad interna de mí mismo, yo me siento amigo de mi hijo, incluso cuando le digo que haga aquello y no lo hace. Naturalmente, podré obligarle a que lo haga, porque realmente es necesario aprender a obedecer, pero aquello no me quitará la paz interior, haré lo que sea necesario, lo que convenga, pero aquello no me alejará interiormente del niño ni de mí mismo, sino que se traducirá en algo, sea en acción, unos consejos, etcétera; pero eso no perturbará mi paz y además eso será lo más eficiente en relación al otro porque tampoco perjudicará a su yo. Si no pongo en acción a mi yo, no lesionaré el yo del otro; al seguir estando yo en un nivel más central, más estable, estimulo la seguridad y estabilidad del otro. Y esto no sólo con los niños sino también con las personas adultas (y especialmente con los familiares).

 

No queramos cambiar a la gente, no nos pasemos el tiempo criticando los defectos de los demás (lo cual es un modo de querer cambiar a la gente), ni protestando del modo que son. Aprendamos a ver lo bueno que tienen -porque lo tienen-, no como un recurso forzado, sino porque es justo que yo lo vea así; y si no veo nada bueno es que soy miope desde el punto de vista interior.

 

  1. Aprendamos a situar los hechos concretos que nos ocurren en la vida -y por lo tanto, nuestras reacciones ante estos hechos-, dentro de una visión general, de una perspectiva total de la vida.

 

Debemos mantener una visión amplia de nuestra vida, y encuadrar cada cosa que ocurre (y las reacciones que provoca) dentro de esta visión amplia. Si no lo hacemos así, entonces empiezan a adquirir mucha importancia cosas que tienen poca; entonces empiezo a desvirtuar, a descentrar las cosas, y eso es enormemente perjudicial para mi tranquilidad y para la justicia de las cosas. Nunca debemos perder la visión de conjunto.

 

Es curioso el hecho de que cuando la persona pasa unas determinadas dificultades tiende a exagerarlas y a definir su vida como una dificultad continua; es decir, su mente se centra totalmente en las cosas negativas (sea mala suerte, fracaso, injusticia, etcétera). No digo que estas cosas negativas no sean importantes, sino que esto no es su vida, pues su vida es mucho más amplia, pero se cierra a esta percepción amplia de todas las dimensiones de su vida, limitándose sólo a algunas determinadas; entonces éstas adquieren unas proporciones totales, absolutas. Eso no debe ser así; aunque lo que se viva pueda ser desagradable, si la persona es consciente de su propia vida interior, mucho más amplia, no se dejará nunca absorber totalmente por la situación (aunque sea negativa).

 

  1. Debemos apoyarnos en la realidad de la propia vivencia interior.

 

Debo aprender a sentir mi realidad interior, mi riqueza interior, mediante la capacidad de comprender, amar y querer. Debo aprender a disfrutarme a mí mismo, a sentirme como potencia. Habitualmente nos despertamos por la mañana y hasta que volvemos a dormimos estamos 16 o 18 horas despiertos; pero durante estas horas no estamos dentro de nosotros ni cinco minutos. No hemos aprendido a estar dentro de nosotros.

 

Estamos todo el día pendientes del exterior y nuestra vida interior la vivimos condicionada a las situaciones exteriores. Resultado: para nosotros sólo existe como realidad el mundo exterior. Es lástima, porque existe un mundo interior de mayor (o por lo menos tanta) realidad que el mundo exterior; pero como yo no le presto atención, como no cultivo esta percepción, resulta que tengo el concepto de que sólo es real el mundo, las cosas, y que mi bienestar o malestar depende de las cosas; eso me impide tomar conciencia de la sustantividad de mis estados, de la realidad de mis contenidos interiores, y vivo mis contenidos a través de las cosas, por lo que me parece que sin cosas sería imposible vivir. Por eso cuando estamos solos nos aburrimos, cuando no tenemos nada en qué pensar ni nada que leer, necesitamos buscar estímulos nuevos (una película, una reunión) porque si no nos parece que no vivimos. No nos sentimos vivir a nosotros mismos por nosotros mismos, sólo nos sentimos vivir a través de los demás, lo que nos conduce a vivir erróneamente, ya que así no aprendemos a conocer (manejar) nuestro mundo interior.

 

Estamos constantemente proyectando vivencias interiores a las cosas externas y creemos que son las cosas externas las que tienen aquello que sentimos. Es como si viviéramos de prestado, viviendo lo que es nuestro a través de lo otro; vivimos nuestra realidad a través de la realidad que vemos en los otros, sin detenernos a descubrir nuestra propia realidad interna.

 

Es necesario aprender a descubrirse a sí mismo como energía, como capacidad de sentir, de querer, de amar, de comprender; y cultivando esto, sintiéndolo, esto conducirá a que uno se convierta en algo sólido e independiente.

 

  1. Debemos comprender que la vida en su sentido profundo es una realidad positiva que se manifiesta a través de un proceso energético (que lo mismo es creativo que destructivo), en forma de cambio constante, de renovación constante.

 

Nosotros sólo apreciamos el aspecto constructivo de la vida, pero si sabemos ver este aspecto de energía que hay detrás de las apariencias, y que tanto se manifiesta en las cosas que se crean como en las cosas que se destruyen (formando un ciclo completo de renovación), entonces desarrollaremos la capacidad de vivir positivamente porque ya no estaremos condicionados a sólo una parte de la realidad. Si yo sé admirar la fuerza, la realidad de la vida a través de todas sus manifestaciones, descubriré que esta energía es constante y que es la misma energía que está en mí.

 

Aprendamos a descubrir el valor de la vida como impulso, como energía, y no como formas concretas. Las formas son algo que está en constante renovación, han de desaparecer, han de dejar lugar a otras formas; si nosotros ponemos nuestra felicidad, nuestro objetivo, en las formas, sean las que sean, sean físicas, mentales o afectivas, estamos condenados al disgusto, a la desilusión. Sólo cuando se vive la vida en este aspecto energético, volcánico, entonces se está por encima de esta percepción superficial. Participaremos del dolor del cambio o de la destrucción, pero también viviremos algo en nosotros que está por encima y aparte del drama de una situación dolorosa o de una limitación; viviremos la grandeza permanente de la vida.

 

Entonces descubriré que no es diferente la vida que veo de la vida que soy. Y ya no será para mí tan importante resistir a los cambios de la vida, sino al contrario, podré seguir con mayor facilidad el ritmo de estos caminos, porque habré descubierto el aspecto vivo, radiante, de la vida; su sentido profundo, de totalidad.

 

También descubriré que este proceso energético y de cambio es además un proceso constante de todo el universo inteligente, que hay una inteligencia que se está expresando continuamente en todas las cosas y que yo mismo soy una expresión de esta inteligencia.

 

Cuando me doy cuenta de que existe esta mente, esta inteligencia -que es voluntad-, que está creando, conservando y transformando las cosas, entonces descubro que yo también soy una de esas cosas creadas, conservadas y transformadas, y que precisamente en esta ley que me está empujando está mi realidad; entonces, en lugar de oponerme al cambio o a las transformaciones, veo que mi fuerza está en seguir este ritmo, en abrirme a esta inteligencia que actúa en la vida, en aceptarla y adaptarme a ella; entonces, de una manera natural, me convierto en un ser auténticamente religioso y acepto la voluntad de Dios. Pero no la acepto de un modo pasivo, resignado o paciente, sino de un modo triunfante, total, con todo mi ser, porque todo mi ser es expresión de esta Voluntad de Dios. Sólo cuando consigo actualizar mi ser estoy cumpliendo el objetivo que Dios ha creado a través de mí: expresar toda una potencialidad. Una flor consigue su objetivo cuando abre sus pétalos, entonces alcanza su plenitud. Nosotros alcanzamos nuestra plenitud en el momento en que desarrollamos conscientemente toda nuestra capacidad interior y de un modo natural pasamos a ser religiosos.

 

La paz ya existe

 

Hemos de damos cuenta de que la paz es algo que siempre ha estado en nuestro interior, de que es algo inherente al reino del espíritu, que siempre existe, pero que sólo es posible percibir, comprender y vivir cuando uno sabe desprender la mente de los aspectos parciales, personales, transitorios. Cuando se puede vivir simultáneamente este aspecto interior y permanente de la vida y a la vez participar en el aspecto cambiante, mutable, de lucha externa, entonces la vida se convierte -aun en los momentos más difíciles- en una verdadera, en una auténtica acción.

 

Entonces estoy actuando y estoy siendo un buen actor, porque tengo conciencia no sólo del personaje sino también de algo superior al personaje. Entonces tomo conciencia de esta voluntad, energía e inteligencia que actúa detrás de todo, y por lo tanto a través de mí; y aprendo a colaborar, a seguir haciendo mi papel estando por encima de la situación. Así, cada cosa que hago es para mí una verdadera creación dos veces creada: una re-creación; tanto en el sentido de una segunda creación como en el sentido de un verdadero placer; entonces es perfectamente compatible el que existan simultáneamente la paz y la lucha. Pero para poder llegar a esto es preciso haber pasado por esta capacidad de entrega total, por este deshacer todos los nulos gordianos que hay dentro de nosotros -del egocentrismo, de los miedos, de buscar demasiadas seguridades, de no dar lo mejor de nosotros a los demás-. Y lo mejor de nosotros no es nuestro dinero, sino nuestro afecto y nuestra voluntad; al no dar esto -lo mejor de nosotros- a los demás, nos aislamos del ritmo de la vida, que siempre cambia, siempre fluye.

 

Comprendamos que no podemos retener nada, que en la vida todo es mutación, transformación, re-creación. Si nosotros vamos reteniendo cosas, ideas, en nuestro interior, estamos obstruyendo este ciclo natural, y toda obstrucción a lo que es una ley natural produce dolor.

 

Aprender a vivir con plenitud es lo mismo que aprender a vivir con sencillez; y si nosotros no podemos vivir con sencillez es porque somos complicados. Esta complicación nos viene porque queremos retener, conservar, porque nos falta generosidad interior. Sólo cuando se pierde la seguridad, cuando uno entrega las cosas que le parece que le dan seguridad, sólo entonces pasa a un nivel donde la seguridad es de otro orden; entonces puede manejar las situaciones mucho mejor, con un enorme espíritu de independencia, de completa aventura.

Poco me queda añadir a estas palabras.
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2 comentarios
    • Mr Growth Dice:

      Hola Pedro.

      Gracias por el articulo, lo he leído, aunque sinceramente algunas cosas no las he entendido y tampoco he comprendido que conclusiones quiere sacar el autor.

      De todos modos en algún punto no estoy de acuerdo:

      – Santander no ha repartido dividendos estos años, ha hecho ampliaciones de capital. Contabilizarlas como dividendos es un error, ya que de cobrarlos en efectivo estaríamos reduciendo nuestra posición, siendo lo mismo que vender acciones. Creo que BBVA hizo lo mismo pero no estoy seguro. Repsol lo está empezando a hacer ahora, no son dividendos reales.

      – No podemos asegurar que el precio del petróleo subirá y más con el fracking siendo cada día más eficiente y empujando cada vez más los precios a la baja. En este punto también veo correcta la valoración dinámica que hace Repsol de sus reservas, así es la contabilidad, se contabiliza el valor del activo.

      – Tampoco comparto completamente lo de que el crecimiento de una empresa algún día cae. Que se lo digan a Warren Buffett con sus Coca-Colas. Creo que hay que buscar empresas que puedan seguir creciendo las próximas décadas que permitan pagar ratios altos.

      – Me parece un error comparar una empresa con una UTE. Lo ideal es comprar para siempre, no como si la empresa tuviese un final.

      – No saco ninguna conclusión del escrito. Si se quiere recuperar la inversión mediante dividendos se deberá de invertir en empresas de dividendos, quizá tengan cierta estabilidad pero la rentabilidad es limitada. Yo prefiero basarme en la retorno total de la inversión (dividendos + revalorización) buscando seguridad y ahí las grandes empresas de crecimiento son en mi opinión mejor opción. El otro camino y quizá la más rentable es el de Graham, el deep value investing, pero para ello hacen falta grandes conocimientos de valoración de activos y conocer perfectamente las empresas, estudiándolas durante meses o incluso años, lo que no está al alcance del pequeño inversor medio.

      Un saludo.

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